Para Alberto, Sergio y Daniel.
Txabier es fuerte. O al menos aparenta serlo. Todo le va bien. O al menos, eso parece. Pero por dentro grita desesperado. Está cansado. El pasado le acecha. Los recuerdos le persiguen. Sufre los aromas de lo que dejó por el camino. Siempre fue el encargado de resolver problemas. Siempre estuvo ahí para ayudar. Para echar una mano. Para dar un consejo. Para ser el hombro sobre el que llorar. Siempre fue el que investigó nuevos horizontes, el que encontró el sentido más racional de las cosas, la puerta correcta que abrir. El camino que tomar.
Tiene prisa por llegar, es tarde. Desea empezar su jornada laboral. Comenzará a las 8.45 en el centro de Madrid. Será breve. Sólo tiene un pequeño encargo que hacer a primera hora y si todo va bien, llegará a comer a casa, en Ugaldetxo, a pocos kilómetros de su San Sebastián natal. Allí le esperan su esposa y los pequeños, Iñaki y Maitena. Hoy es su aniversario, llevan 5 años casados y lo celebrarán en familia. Comerán en el porche, todos juntos, y verán cómo pasa la tarde en el llano y la tierra se va vistiendo de tonos ocres y dorados, con mantos de espigas de trigo que se mecen al son de la fría brisa de este invierno. Nada perturbará el sosegado paisaje. Nada.
Se casaron tras 10 años de noviazgo, toda una vida juntos, ella es la mujer de su vida. La única. Ahora debe cuidar de ella, está embarazada de su tercer hijo, 8 meses ya, se llamará Txabi, como su padre y nacerá a principios de año. Se conocieron en el colegio, pertenecían a la misma pandilla de amigos, pero nunca hablaban. Su timidez le impedía acercarse a ella. Le daba pánico dirigirse a una chica tan guapa. Pasaron dos años hasta que él decidió hacerlo. ¿O fue al revés? Bueno, qué importa ya. Estaban hechos el uno para el otro. Los dos lo deseaban. Juntos crecieron, rieron, lloraron y ahora… ahora disfrutaban de la familia que siempre soñaron. Él, en su primera cita, le dijo: “te casarás conmigo y te llevaré a París”. Se casaron, pero tienen pendiente París. Todavía no han encontrado el momento.
Le tiemblan las manos. El cuerpo le pesa. Está cansado y el día apenas comenzó. Los recuerdos le acechan. Se le vienen a la mente imágenes con tan solo 3 añitos tocando el viejo piano de madera de casa de sus abuelos y se pregunta por qué en vez de usar sus pequeñas manos para tocar el piano, las ocupa del modo que lo hace. Se consuela pensando que es su trabajo, el sustento de su familia y además, su padre y abuelo estarían orgullosos de él. Dice que irá a terapia, pero sabe que no lo hará. Lleva años diciéndolo. El coche avanza lento pero seguro, firme y decidido. A veces no sabe por qué se dedica a esto. Duda de si lo hace por dinero o por convicción. A veces, incluso, le remuerde la conciencia y se siente miserable. Pero otras, las más, se siente bien, grande, fuerte e importante.
Camino de su cita está nervioso. Es lunes. Se le antoja un cigarrillo. Nunca ha fumado. Se ríe repentinamente por ese deseo absurdo de encender un cigarro cuando sus labios nunca lo han probado. Es una risa nerviosa. Por más que lo haga mil veces, los nervios nunca desaparecen. Duda. Se pregunta si ella estará bien. Coge el teléfono y llama, pero enseguida cuelga. No. No debe de molestarla.
No puede llegar tarde. La cita es ineludible. Hoy es el día que lleva meses esperando. Este trabajo es así y él lo sabe. Todo el esfuerzo de los últimos meses se podría venir al traste en dos segundos. Sabe que no puede fallar. Todos esperan mucho de él. Todos.
Hoy es uno de esos días en que se le anuda el mundo al cuello, en que el alma le da vueltas. Que duro es saber que los sueños ya son fracasos. Para qué diablos existe hoy, si esta mañana al salir de casa, ya sabía que el mundo no tenía sentido alguno.
Necesita abrazarla y besar su piel. Mirarse en sus ojos y saber que está vivo, y sentir que además le encanta. Llenar sus pulmones respirándola, limpiar su mente con las notas musicales de su voz. Se siente vacío e inútil, torpe y triste cuando no está con ella. El único sentido de sus días es ella, absolutamente ella, infinitamente ella.
Recuerda el sonido del viento en la pequeña aldea donde viven. Se le vienen a la mente las noches, frescas y silenciosas en las que ambos contemplan el horizonte y sienten que el mundo se detiene bajo sus pies. Sólo los sonidos de algunos animales en su corretear por la maleza alteran la quietud del páramo de silencio y paz. La planicie del paisaje en Ugaldetxo se rompe con grandes cárcavas que alojan un denso pinar nacido de los arroyos que bajan hasta el pueblo. Ellos, a media tarde se sientan en el porche para observar los últimos rayos de sol filtrarse entre las alargadas copas de los pinos. Allí tomarán "un vino" hasta que el sueño se apodere de ellos. Le gusta su vida, en verano las puertas no cierran hasta tarde y tras la cena se forman corrillos de vecinos que se reúnen para tomar el fresco con sus sillas de madera. En ciertos momentos, el silencio aparece entre los reunidos y durante unos segundos, se escuchará el rumor de las conversaciones ajenas. Es tan maravillosa la paz que se respira allí.
Son las 8.41 y ha llegado a su destino. Txabier espera dentro del coche. Serán sólo 4 minutos. Javier es siempre puntual. No se retrasará, lo sabe. A las 8.45 le verá aparecer por la puerta del viejo portal del número 42 de la calle de la Palma, en el centro de Madrid, es una calle pequeña, pero suficientemente amplia como para que el compañero de Txabier le espere en doble fila. No se han dirigido la palabra. Ni siquiera cuando se encontraron a primera hora de la mañana. Los dos saben lo que tienen que hacer. No necesitan hablar. Cada uno tiene su parte del trabajo. No son un equipo, si cada uno hace su labor, todo saldrá bien. A Txabier nunca le gustó Ekaitz, pero sabe que uno no elige con quien trabaja. Le ha dicho muchas veces a su jefe que detesta trabajar con Ekaitz, las mismas que su jefe le ha dicho que se limite a hacer bien su trabajo, que los equipos los hace él.
Cada mañana que Txabier despierta en Ugaldetxo da gracias a su Dios. A primera hora él recoge agua fresca en el pilón como hacía su abuelo, camino a casa el tiempo se parará porque cada esquina le traerá un recuerdo, en cada bar buscará a su padre, que todo le enseñó. No ha dejado de buscarle. Nunca le olvidó. Desde pequeño siempre le admiró, todo lo aprendió de él, gracias a él se entregó a sus pasiones, a su lucha. Camino a casa, siempre se detiene en la antigua bodega de Don Antón, lee la prensa, habla con sus vecinos, saluda a los ancianos, se preocupa por ellos. A esa hora la calma es total en el pueblo. El aire huele a una maravillosa mezcla de tierra mojada y pino. En el pueblo los relojes se ralentizan, los días son largos. Ama esa calma.
Son las 8.45 de un lunes cualquiera de este frío invierno en Madrid. Javier sale, como cada mañana, de casa para dejar primero a su pequeña Maite, de 2 añitos recién cumplidos, en la guardería para después llevar a Iñigo al colegio. Iñigo tiene 5 años y, desde que nació su hermana, se convirtió en el mayor de la casa. Se parece tanto a su padre. Javier lleva a Maite en brazos mientras que Íñigo va de su mano. Como cada mañana, antes de salir de casa, su padre le había dicho, “Iñigo, mi amor, tu eres el mayor, así que pase lo que pase, no te sueltes de mi mano”.
Llueve en Madrid. No ha parado de hacerlo en toda la noche. Javier apenas alcanza a sujetar el paraguas con el brazo en el que lleva a la pequeña. No quiere que se moje, cogerá frío y su esposa, antes de salir de casa le dijo que tuviese cuidado con la lluvia, “que ya sabes que luego la niña se enfría, Javi”. “Sí mi amor, contestó él, no te preocupes princesa. Te llamo para comer juntos. Te quiero, gordi”. Es su aniversario. Llevan 5 años casados y toda la vida juntos. Se casaron después de 10 años de noviazgo. Son felices. Se quieren, se aman, se respetan. Ella está embarazada de 8 meses. Será su tercer hijo, un niño, se llamará Javi, como su padre. A principios de año, si todo va bien, estará con ellos. Se conocieron en el colegio, pese a tener amigos comunes, dejaron pasar dos largos años hasta que hablaron por primera vez. Se amaban en silencio. Los dos eran muy tímidos, todavía hoy, no se ponen de acuerdo en quien dio el primer paso. Qué importa. Los dos lo deseaban. Cuando nazca el pequeño Javi, irán a Paris, lo tienen pendiente desde el primer día en el que él le dijo: “te casarás conmigo y te llevaré a París”. Javier sabe que pronto encontrarán el momento, su momento.
Javier se detiene unos segundos nada más salir del portal, mira a ambos lados de la calle, no recuerda donde aparcó anoche, salió tarde del despacho y llegó cansado. Están siendo días duros en la oficina, pero sabe que todo pasará y que el esfuerzo merecerá la pena. Quedan pocos días de campaña y hay que hacer el último esfuerzo, él lo sabe.
De pronto, recuerda donde aparcó el coche, a escasos 20 metros, comienza a caminar, “Iñigo, mi amor, tu eres el mayor, así que pase lo que pase, no te sueltes de mi mano”, le repite. “Sí papá, te quiero mucho” contesta él.
Txabier sale del coche y antes de que Javier haya recorrido escasos cinco metros, por la espalda y sin mediar palabra le resquebraja un tiro en la nuca. Javier cae, muerto, sobre el mojado suelo de Madrid. Txabier mira a Iñigo, impasible junto a su padre, le recuerda tanto a su hijo mayor, Iñaki, esa mirada, sus ojos, la boca... incluso tienen el mismo lunar en la mejilla izquierda. Son tan parecidos que Txabier se estremece por momentos. Iñigo está aterrado, no puede moverse, arrodillado junto a su padre pero sin soltarle la mano.
Txabier se acerca a Javier y, pese a la evidencia de su estado, le dispara nuevamente en la frente mientras susurra algo entre dientes. Mira nuevamente al niño, durante unos interminables 5 segundos, se de media vuelta y se va. Iñigo sigue agarrado a la mano de su padre, arrodillado y sin articular palabra, él le dijo que no se soltase, pasase lo que pasase. Siempre fue un niño muy obediente. Permanecerá junto a su padre, siempre, pase lo que pase.
Txabier se monta en el coche que Ekaitz ha mantenido en marcha este tiempo. Se pierden entre las calles de Madrid. Su jornada laboral ha terminado. Se dirigen a casa. En unas horas estarán en la aldea. Tiene ganas de verla. Abrazarla. Sentirla. Hoy es su aniversario, quiere pasarlo con su mujer y los niños. Es un padrazo, dicen todos en el pueblo. Le gusta su familia. Disfruta con sus hijos. Juega, ríe, baila con ellos. Cree que no puede haber nada más bonito en el mundo que la sonrisa de un niño a sus padres. Durante el viaje de vuelta recordará muchas veces la cara de ese chaval, el dolor tratará de atravesar su alma, las mismas que justificará su acto. Hoy será un día grande, él lo sabe. Se siente gozoso. En breve se hablará de lo sucedido.
La esposa de Javier no ha escuchado el disparo, pero sobresaltada por los gritos desgarrados que vienen de la calle, se asoma al pequeño mirador del salón. Desde allí, puede distinguir a Javier en el suelo, sobre un charco de sangre y rodeado de gente.
No acierta a ver a la pequeña Maite. Pero sí a Íñigo, inmóvil y arrodillado, agarrado a la mano de papá…
" Iñigo, mi amor, tu eres el mayor, así que pase lo que pase, no te sueltes de mi mano” recuerda el pequeño.
Txabier será el buen padre, amable, educado, cariñoso, tierno… que siempre ha sido. Verá nacer a su pequeño a comienzos de año y disfrutará de su mirada. Después, llevará a su esposa a Paris y cumplirá la segunda parte de la promesa que un día le hizo.
Txabier enseñará a sus pequeños a qué huele una flor, a distinguir los mil colores del otoño, a disfrutar la playa en invierno, a buscar el mar que cura la herida, a respirar profundo la tierra tras la lluvia, a recordar siempre el sabor del agua pura. Txabier enseñará a sus pequeños que las matemáticas son importantes, pero mucho menos que la poesía, a que se tomen la vida con la máxima seriedad que les permita estar siempre riéndose. A mostrarles la diferencia entre lo importante y a lo que damos importancia, enseñarles a cantar, a reír, a recitar, a bailar, a soñar… a vivir. Txabier enseñará a sus pequeños a dar siempre amor, no amargura, a mostrar la luz del día a los que la noche no ilumina, a perdonar lo que esperaron que otros os diesen y nunca les dieron, lo que anhelaron y nunca tuvieron. Txabier enseñará a sus pequeños a dar paz, que da igual lo que tengan, mucho o poco, más o menos que los demás, que las cosas adquieren el valor que se les da. Txabier enseñará a sus pequeños a ser responsables y a que no se detengan en grandes decisiones, que el futuro sólo está hecho de pequeños presentes. A vivir en cualquier parte, a no intentar llevar siempre la razón, a caminar para crecer, a que se enamoren cada día de la vida aunque a veces duela, y mucho. Txabier enseñará a sus pequeños a apreciar las pequeñas cosas de la vida, que son las que nos dan… los grandes momentos de felicidad
A Txabier le queda mucho viaje por recorrer. Tiene toda una vida por delante.
Javier, no podrá ser el buen padre, amable, educado, tierno… que siempre fue. No verá nacer al pequeño Javi, ni podrá ver nunca su mirada y ya nunca podrá cumplir la segunda parte de la promesa que un día hizo a su esposa.
Javier no podrá enseñar a sus pequeños a qué huele una flor, a distinguir los mil colores del otoño, a disfrutar la playa en invierno, a buscar el mar que cura la herida, a respirar profundo la tierra tras la lluvia, a recordar siempre el sabor del agua pura. Javier no podrá enseñar a sus pequeños que las matemáticas son importantes, pero mucho menos que la poesía, a que se tomen la vida con la máxima seriedad que les permita estar siempre riéndose. A mostrarles la diferencia entre lo importante y a lo que damos importancia, enseñarles a cantar, a reír, a recitar, a bailar, a soñar… a vivir. Javier no podrá enseñar a sus pequeños a dar siempre amor, no amargura, a mostrar la luz del día a los que la noche no ilumina, a perdonar lo que esperaron que otros os diesen y nunca les dieron, lo que anhelaron y nunca tuvieron. Javier no podrá enseñar a sus pequeños a dar paz, que da igual lo que tengan, mucho o poco, más o menos que los demás, que las cosas adquieren el valor que se les da. Javier no podrá enseñar a sus pequeños a ser responsables y a que no se detengan en grandes decisiones, que el futuro sólo está hecho de pequeños presentes. A vivir en cualquier parte, a no intentar llevar siempre la razón, a caminar para crecer, a que se enamoren cada día de la vida aunque a veces duela, y mucho. Javier no podrá enseñar a sus pequeños a apreciar las pequeñas cosas de la vida, que son las que nos dan… los grandes momentos de felicidad
A Javier, de pronto, se le ha hecho tarde, qué corto se le hizo el viaje.
Minutos después, ETA reivindica el atentado de un concejal del Partido Popular en Madrid y, con Javier, son 948 los asesinados por ETA.
Es lunes, llueve en Madrid.
Lunares*
Epílogo:
Javier, el 948, es un personaje de ficción. Por desgracia, probablemente cuando leas estas líneas, ese número ya tendrá dueño para siempre. Y si no lo tiene aun, lamentablemente lo tendrá. No se llamará Javier, o sí, pero a él también se le habrá hecho corto el viaje y dejará tanto por hacer.
Hoy, 11 de diciembre de 2010, 15 años después del atentado del puente de Vallecas, son 947 los asesinados por ETA, 902 durante la democracia y 45 durante la dictadura.
Este relato está dedicado a Alberto, Sergio y Daniel, hijos de José Ramón I. E.; a su esposa y a todas las víctimas del atentado del puente de Vallecas. José Ramón, fue la víctima 856 de ETA, aquel lunes, tras hacer explosionar un coche-bomba en el madrileño barrio de Vallecas, al paso de una furgoneta de la Armada.
El atentado provocó heridas a 44 personas, 17 de ellas de gravedad, y ocasionó la muerte a 6 trabajadores civiles del “Parque de Automóviles de la Armada”: Manuel Carrasco Almansa, Santiago Esteban Junquer, José Ramón Intriago Esteban, Florentino López del Castillo, Félix Ramos Bailón y Martín Rosa Valera.
Juan Antonio Olarra Guridi y Ainhoa Múgica Goñi fueron detenidos siete años después en Francia y juzgados en 2007 por la Audiencia Nacional.
Recuerdo a Olarra Guridi y Múgica Goñi sonreir en el juicio. Jamás lo olvidaré. Su risa era más elocuente que cualquiera de las palabras que hubieran podido decir, no dijeron una sola palabra durante el juicio por considerar que «aquel tribunal no tenía legitimidad para juzgar a militantes de ETA», decían. Recuerdo a Santiago, hijo de una de las víctimas en su testimonio mirando a los etarras: «Desde que supe la fecha del juicio he vuelto a revivir todo lo que sucedió ese día: me imagino la furgoneta cargada con todos los compañeros, llena de alegría; imagino a todos ellos hablando sobre sus hijos y cómo toda es paz se vio perturbada. Sobre sus sueños, ilusiones y las navidades que se aproximaban. No sólo mataron a mi padre, mataron a mi mejor amigo, a mi confidente, al motor de la familia. Aquel día entró en mi casa la oscuridad, el silencio, el dolor, la desesperanza. Mi madre calló enferma, nos quedamos solos. Mis hermanas necesitan asistencia psicológica. Mi hermano tuvo que ser ingresado en un hospital psiquiátrico y a día de hoy, 12 años más tarde, continúa ingresado. Sufre esquizofrenia paranoide y constantemente pregunta por qué mataron a papá».
El 30 de octubre de 2007 la Audiencia Nacional condenaba a los etarras Juan Antonio Olarra y Ainhoa Múgica a 2.500 años de cárcel por su participación en el asesinato, en diciembre de 1995, de seis funcionarios civiles de la Armada a su paso junto al puente de Vallecas.
Hoy, 11 de diciembre, siguen en la cárcel. Y por muchos años.
Lo que no se olvida, no se va.
(*) Lunares es Carlos Orgaz Rufo
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