Desde su ventana

Desde su ventana
Marcia, 3 años, desde su ventana en Trinidad [Cuba]

lunes, 10 de enero de 2011

Un día cualquiera

A mis abuelos, Mercedes y Félix.
Os recuerdo
cuando todo era verano
y la vida
era un viaje en un land rover.

Os recuerdo
cuando todo fue otoño
y viajábamos desde el borde
de la cama.

Y siempre recordaré...
escucharos respirar.

Doña Mercedes se despertó muy temprano aquella mañana. Miró al lado derecho de su cama y le extraño no verle. “Habrá salido temprano a trabajar la tierra, ¡qué raro! siempre le siento al levantarse”, pensó. Se aseó, peinó su largo pelo azabache y eligió su vestido más elegante, el color perla con lunares negros. Se puso los zapatos negros de tacón, los que le regalaron sus hijas, sus preferidos. Buscó su bolso más coqueto, ese pequeñito color marfil. Se miró al espejo y se vio espléndida. Salió al patio, regó los geranios. Le extrañó que en esa época del año no hubieran florecido aun. Ella los cuidaba con mimo cada día y creyó recordar perfectamente que el día anterior lucían magníficos. Fue a dar de comer a sus 6 gatitos, pero no los encontró. Dejó la comida en el lugar de siempre, junto a la chimenea. Le extrañó no verlos, pero era temprano, “perezosos, aun durmiendo” susurró entre dientes convencida que, como todas las noches de frío, dormían en la parte trasera del patio, en los huecos que dejaba la leña apilada por su marido y preparada ya para el siguiente invierno.
Salió a la calle. Hacía frío para ser primavera, “debí coger la chaqueta”, se dijo.  Le extrañó ver la casa de su vecina, Doña Benita, tan cerrada y más aun a unos jóvenes trabajando en la fachada de la casa de Don Cipriano y Doña Leo. Don Cipriano era albañil, había construido la casa en la que vivía Doña Mercedes y su marido, Don Félix, a cambio de que éste se encargase de la labranza de sus tierras. Le pareció rarísimo ver a aquellos dos jóvenes allí, se acercó a ellos, les preguntó por su vecino, pero no pudo entenderles. Hablaban un idioma que ella no acertaba a comprender.
Como cada mañana, la primera parada la haría en la panadería de Don Nicolás. Le encantaba el olor que salía de allí, el pueblo entero olía a pan recién horneado.  Como hacía siempre, camino de la panadería, fue dando los buenos días a todo aquel que se cruzaba en su camino. Ella se detenía a charlar, aunque todos parecían demasiado ocupados para fijarse en ella y dedicarle unos segundos. No entendía por qué hoy no hacían lo de cada mañana. Aquellas charlas tempranas eran la vida del pueblo. Al acercarse a la panadería no percibió el aroma de siempre. Cuando entró, no estaba Don Nicolás, era la primera vez en toda su vida que Don Nicolás no estaba allí para, según entraba Doña Mercedes por la puerta, darle lo de siempre, una hogaza y una pistola poco tostadita.
-   Buenos días señora.
-   Buenos días, joven. ¿Está Don Nicolás enfermo?
-   Mmmm no… bueno… en realidad... verá... ¿qué desea?, le dijo el joven.
-   Lo de siempre, una hogaza y una pistola poco tostadita, joven. Don Nicolás lo guarda ahí, en el último estante, con todos los encargos.
-    Disculpe señora, no hacemos pan de hogaza. ¿Quiere chapata o bastón?
-    No, no gracias, joven. Me llevo solo la pistola poco tostadita. Abrió su monedero y sacó un viejo y doblado billete de 100 pesetas.
El joven no supo qué decir, se quedó mirándola fijamente, era tan dulce, tan angelical, era como una niña... Abrió la caja y le dio el cambio, una moneda de 50 y otra de 10 céntimos, de euro, por supuesto.
-   Aquí tiene señora, muchas gracias y que tenga un buen día.
-   Gracias joven. Espero que esté mañana Don Nicolás porque mi esposo solo come el pan de hogaza que él prepara.
Doña Mercedes salió de la panadería feliz, con su pistola poco tostadita bajo el brazo y camino de la carnicería de Doña Encarnita, contenta, alegra y saludando a todos sus vecinos. Disfrutaba de su paseo, como cada mañana, como si su vida no hubiera retrocedido 50 años en solo 2 meses, como si su camisón fuera un elegante vestido color perla con lunares, como si el pequeño neceser que llevaba en la mano fuese aquel elegante bolso color marfil, como si sus viejas zapatillas negras de estar por casa fuesen los zapatos negros que sus hijas le regalaron, sus preferidos, como si su corto pelo blanco fuera aquella larga melena azabache que enamoró a su marido 60 años atrás, como si realmente …  supiera donde estaba.
Lunares*

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