Llegaste hace bien poco, hace nada abrías tus ojillos e iluminabas nuestro mundo con tu dulce mirada de algodón. Recién nacido, recién llegado, pero tan sabio. Yo ya soy tu aprendiz. Sé que no te recibe el mundo en su mejor momento, pero tampoco sabría decirte cuál fue mejor. Verás, deja que te cuente algo…
Los hombres cometimos en el pasado muchos errores, tantos, que “no podrías contarlos con todos dedos de las manos”. Pero lo importante de los errores no es cometerlos, eso es inevitable y nos ayuda a crecer, tú los cometerás como los cometí yo, lo importante es la capacidad que tenemos para aprender de ellos y no repetirlos. Aun así, lo hacemos a veces. Muchas, la verdad. Los repetimos una y otra vez, pero nunca jamás podemos perder la esperanza de no volver a caer en ellos.
Y eso, hijo mío, es lo que me hace estar hoy convencido que el mundo está cambiando y que lo que tú te encuentras es mejor que lo que yo me encontré a finales del siglo pasado, que los dirigentes han aprendido y no van a repetir nuestros errores. Son muchos años de errores amontonados y ahora, con este nuevo siglo que no ha hecho más que comenzar, el mundo está cambiando y no los repetiremos. Fíjate, solo llevamos 11 años y sin duda yo ya he visto cambios, pequeños, cierto es, pero cambios al fin y al cabo. Nuestros líderes no aceptarán en este siglo la muerte absurda de cientos, miles, millones de personas, en guerras en las que no hay ni vencedores ni vencidos, porque el único bando que gana siempre es la propia guerra. Aquellos hombres del pasado unidos para la destrucción han quedado atrás, hombres armados de odio que fueron en busca de nuevas conquistas donde saciar su sed de poder y destrucción ya no tienen cabida en nuestro mundo. Pensemos en positivo.
La muerte germinó en los campos y en las ciudades hasta que el asesinato se convirtió en lo que movía al hombre. Ahora eso ha cambiado. Adiós a los campos de batalla. Las guerras no son como eran. Ahora los conflictos se solucionarán en los despachos, sin muertes absurdas, sin destrucción, sin dolor. Atrás hemos dejado ya a hombres hambrientos de mal y hombres hambrientos de pan que se confundían entre sí en la batalla, que se mataban sin descanso. Y al final, entre cadáveres, se imponía siempre la paz, pero la paz póstuma, la paz que llega tras la guerra vencedora. Y en la tierra donde cien mil hombres se mataron por dos banderas, sólo ganó la guerra. Y en las aguas donde doscientos mil hombres se mataron por dos patrias, solo ganó la guerra. Y en los cielos en los que trescientos mil hombres se mataron por dos escudos, solo ganó la guerra. Siempre ganó la guerra, nunca el hombre.
La lección la hemos aprendido bien, es cierto y tú lo debes saber, no lo olvides jamás, nos ha costado mucha sangre, pero debemos pensar en el futuro y ser optimistas, las reglas del juego no son las que eran, una nueva partida acaba de comenzar y ahora la destrucción, la muerte y el odio no son una opción. Si algo tiene la modernidad es esto, es la paz, el diálogo y la alianza de los pueblos son las que moverán el mundo, son las nuevas normas y nada ni nadie podrán cambiarlo.
La muerte germinó en los campos y en las ciudades hasta que el asesinato se convirtió en lo que movía al hombre. Ahora eso ha cambiado. Adiós a los campos de batalla. Las guerras no son como eran. Ahora los conflictos se solucionarán en los despachos, sin muertes absurdas, sin destrucción, sin dolor. Atrás hemos dejado ya a hombres hambrientos de mal y hombres hambrientos de pan que se confundían entre sí en la batalla, que se mataban sin descanso. Y al final, entre cadáveres, se imponía siempre la paz, pero la paz póstuma, la paz que llega tras la guerra vencedora. Y en la tierra donde cien mil hombres se mataron por dos banderas, sólo ganó la guerra. Y en las aguas donde doscientos mil hombres se mataron por dos patrias, solo ganó la guerra. Y en los cielos en los que trescientos mil hombres se mataron por dos escudos, solo ganó la guerra. Siempre ganó la guerra, nunca el hombre.
La lección la hemos aprendido bien, es cierto y tú lo debes saber, no lo olvides jamás, nos ha costado mucha sangre, pero debemos pensar en el futuro y ser optimistas, las reglas del juego no son las que eran, una nueva partida acaba de comenzar y ahora la destrucción, la muerte y el odio no son una opción. Si algo tiene la modernidad es esto, es la paz, el diálogo y la alianza de los pueblos son las que moverán el mundo, son las nuevas normas y nada ni nadie podrán cambiarlo.
Las guerras del pasado nos han permitido crear, con esfuerzo y abnegación, un sistema de seguridad de los pueblos. Nos ha costado mucho, tantos como aquellos que se quedaron en el camino, pero tiene que servir para algo tanto dolor. Ahora disponemos de instituciones supranacionales nuevas y modernas que impiden que los estados puedan tomar decisiones en contra de otros, que se ocupan de mantener la paz entre los pueblos y la seguridad internacional, que permiten fomentar entre las naciones relaciones de amistad y de igual a igual, basadas en los derechos humanos. Y cuando surjan problemas carácter económico, social, cultural o humanitario entre los pueblos, estas instituciones se encargarán de solucionarlos. ¿Sabes lo importante que es eso, hijo mío? Todos los países seremos iguales y arreglaremos nuestras controversias por medios pacíficos y sin poner en peligro ni la paz y la justicia, nadie recurrirá a la amenaza o al uso de la fuerza contra cualquier otro Estado.
Hijo mío, el tiempo de las bombas ha terminado, la destrucción masiva de los hombres es cosa del pasado. ¿No es maravilloso? No hay nada que temer. El miedo nos paraliza. Huyamos de ese miedo, estamos a salvo. Los días de las grandes guerras han terminado. Bienvenido a la modernidad, al momento de la razón, la negociación, las relaciones humanas, la concordia, la coherencia, y la política. Créeme, hijo mío, llevamos ya 11 años de este siglo y se abre una etapa de luz, paz y prosperidad. Créeme, hijo mío estamos en 1911 y tenemos todo el siglo XX por delante…
Lunares*
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