Desde su ventana

Desde su ventana
Marcia, 3 años, desde su ventana en Trinidad [Cuba]

martes, 11 de enero de 2011

Otro mundo es posible

Llegaste hace bien poco, hace nada abrías tus ojillos e iluminabas nuestro mundo con tu dulce mirada de algodón. Recién nacido, recién llegado, pero tan sabio. Yo ya soy tu aprendiz. Sé que no te recibe el mundo en su mejor momento, pero tampoco sabría decirte cuál fue mejor. Verás, deja que te cuente algo…
Los hombres cometimos en el pasado muchos errores, tantos, que “no podrías contarlos con todos dedos de las manos”. Pero lo importante de los errores no es cometerlos, eso es inevitable y nos ayuda a crecer, tú los cometerás como los cometí yo, lo importante es la capacidad que tenemos para aprender de ellos y no repetirlos. Aun así, lo hacemos a veces. Muchas, la verdad. Los repetimos una y otra vez, pero nunca jamás podemos perder la esperanza de no volver a caer en ellos.
Y eso, hijo mío, es lo que me hace estar hoy convencido que el mundo está cambiando y que lo que tú te encuentras es mejor que lo que yo me encontré a finales del siglo pasado, que los dirigentes han aprendido y no van a repetir nuestros errores. Son muchos años de errores amontonados y ahora, con este nuevo siglo que no ha hecho más que comenzar, el mundo está cambiando y no los repetiremos. Fíjate, solo llevamos 11 años y sin duda yo ya he visto cambios, pequeños, cierto es, pero cambios al fin y al cabo. Nuestros líderes no aceptarán en este siglo la muerte absurda de cientos, miles, millones de personas, en guerras en las que no hay ni vencedores ni vencidos, porque el único bando que gana siempre es la propia guerra. Aquellos hombres del pasado unidos para la destrucción han quedado atrás, hombres armados de odio que fueron en busca de nuevas conquistas donde saciar su sed de poder y destrucción ya no tienen cabida en nuestro mundo. Pensemos en positivo. 

La muerte germinó en los campos y en las ciudades hasta que el asesinato se convirtió en lo que movía al hombre. Ahora eso ha cambiado. Adiós a los campos de batalla. Las guerras no son como eran. Ahora los conflictos se solucionarán en los despachos, sin muertes absurdas, sin destrucción, sin dolor. Atrás hemos dejado ya a hombres hambrientos de mal y hombres hambrientos de pan que se confundían entre sí en la batalla, que se mataban sin descanso. Y al final, entre cadáveres, se imponía siempre la paz, pero la paz póstuma, la paz que llega tras la guerra vencedora. Y en la tierra donde cien mil hombres se mataron por dos banderas, sólo ganó la guerra. Y en las aguas donde doscientos mil hombres se mataron por dos patrias, solo ganó la guerra. Y en los cielos en los que trescientos mil hombres se mataron por dos escudos, solo ganó la guerra.  Siempre ganó la guerra, nunca el hombre.

La lección la hemos aprendido bien, es cierto y tú lo debes saber, no lo olvides jamás, nos ha costado mucha sangre, pero debemos pensar en el futuro y ser optimistas, las reglas del juego no son las que eran, una nueva partida acaba de comenzar y ahora la destrucción, la muerte y el odio no son una opción. Si algo tiene la modernidad es esto, es la paz, el diálogo y la alianza de los pueblos son las que moverán el mundo, son las nuevas normas y nada ni nadie podrán cambiarlo.
Las guerras del pasado nos han permitido crear, con esfuerzo y abnegación,  un sistema de seguridad de los pueblos. Nos ha costado mucho, tantos como aquellos que se quedaron en el camino, pero tiene que servir para algo tanto dolor. Ahora disponemos de instituciones supranacionales nuevas y modernas que impiden que los estados puedan tomar decisiones en contra de otros, que se ocupan de mantener la paz  entre los pueblos y la seguridad internacional, que permiten fomentar entre las naciones relaciones de amistad y de igual a igual, basadas en los derechos humanos. Y cuando surjan problemas carácter económico, social, cultural o humanitario entre los pueblos, estas instituciones se encargarán de solucionarlos. ¿Sabes lo importante que es eso, hijo mío? Todos los países seremos iguales y arreglaremos nuestras controversias por medios pacíficos y sin poner en peligro ni la paz y la justicia, nadie recurrirá a la amenaza o al uso de la fuerza contra cualquier otro Estado.
Hijo mío,  el tiempo de las bombas ha terminado, la destrucción masiva de los hombres es cosa del pasado. ¿No es maravilloso? No hay nada que temer. El miedo nos paraliza. Huyamos de ese miedo, estamos a salvo. Los días de las grandes guerras han terminado. Bienvenido a la modernidad,  al momento de la razón, la negociación, las relaciones humanas, la concordia, la coherencia, y la política. Créeme, hijo mío, llevamos ya 11 años de este siglo y se abre una etapa de luz, paz y prosperidad. Créeme, hijo mío estamos en 1911 y tenemos todo el siglo XX por delante…

Lunares*

lunes, 10 de enero de 2011

Un día cualquiera

A mis abuelos, Mercedes y Félix.
Os recuerdo
cuando todo era verano
y la vida
era un viaje en un land rover.

Os recuerdo
cuando todo fue otoño
y viajábamos desde el borde
de la cama.

Y siempre recordaré...
escucharos respirar.

Doña Mercedes se despertó muy temprano aquella mañana. Miró al lado derecho de su cama y le extraño no verle. “Habrá salido temprano a trabajar la tierra, ¡qué raro! siempre le siento al levantarse”, pensó. Se aseó, peinó su largo pelo azabache y eligió su vestido más elegante, el color perla con lunares negros. Se puso los zapatos negros de tacón, los que le regalaron sus hijas, sus preferidos. Buscó su bolso más coqueto, ese pequeñito color marfil. Se miró al espejo y se vio espléndida. Salió al patio, regó los geranios. Le extrañó que en esa época del año no hubieran florecido aun. Ella los cuidaba con mimo cada día y creyó recordar perfectamente que el día anterior lucían magníficos. Fue a dar de comer a sus 6 gatitos, pero no los encontró. Dejó la comida en el lugar de siempre, junto a la chimenea. Le extrañó no verlos, pero era temprano, “perezosos, aun durmiendo” susurró entre dientes convencida que, como todas las noches de frío, dormían en la parte trasera del patio, en los huecos que dejaba la leña apilada por su marido y preparada ya para el siguiente invierno.
Salió a la calle. Hacía frío para ser primavera, “debí coger la chaqueta”, se dijo.  Le extrañó ver la casa de su vecina, Doña Benita, tan cerrada y más aun a unos jóvenes trabajando en la fachada de la casa de Don Cipriano y Doña Leo. Don Cipriano era albañil, había construido la casa en la que vivía Doña Mercedes y su marido, Don Félix, a cambio de que éste se encargase de la labranza de sus tierras. Le pareció rarísimo ver a aquellos dos jóvenes allí, se acercó a ellos, les preguntó por su vecino, pero no pudo entenderles. Hablaban un idioma que ella no acertaba a comprender.
Como cada mañana, la primera parada la haría en la panadería de Don Nicolás. Le encantaba el olor que salía de allí, el pueblo entero olía a pan recién horneado.  Como hacía siempre, camino de la panadería, fue dando los buenos días a todo aquel que se cruzaba en su camino. Ella se detenía a charlar, aunque todos parecían demasiado ocupados para fijarse en ella y dedicarle unos segundos. No entendía por qué hoy no hacían lo de cada mañana. Aquellas charlas tempranas eran la vida del pueblo. Al acercarse a la panadería no percibió el aroma de siempre. Cuando entró, no estaba Don Nicolás, era la primera vez en toda su vida que Don Nicolás no estaba allí para, según entraba Doña Mercedes por la puerta, darle lo de siempre, una hogaza y una pistola poco tostadita.
-   Buenos días señora.
-   Buenos días, joven. ¿Está Don Nicolás enfermo?
-   Mmmm no… bueno… en realidad... verá... ¿qué desea?, le dijo el joven.
-   Lo de siempre, una hogaza y una pistola poco tostadita, joven. Don Nicolás lo guarda ahí, en el último estante, con todos los encargos.
-    Disculpe señora, no hacemos pan de hogaza. ¿Quiere chapata o bastón?
-    No, no gracias, joven. Me llevo solo la pistola poco tostadita. Abrió su monedero y sacó un viejo y doblado billete de 100 pesetas.
El joven no supo qué decir, se quedó mirándola fijamente, era tan dulce, tan angelical, era como una niña... Abrió la caja y le dio el cambio, una moneda de 50 y otra de 10 céntimos, de euro, por supuesto.
-   Aquí tiene señora, muchas gracias y que tenga un buen día.
-   Gracias joven. Espero que esté mañana Don Nicolás porque mi esposo solo come el pan de hogaza que él prepara.
Doña Mercedes salió de la panadería feliz, con su pistola poco tostadita bajo el brazo y camino de la carnicería de Doña Encarnita, contenta, alegra y saludando a todos sus vecinos. Disfrutaba de su paseo, como cada mañana, como si su vida no hubiera retrocedido 50 años en solo 2 meses, como si su camisón fuera un elegante vestido color perla con lunares, como si el pequeño neceser que llevaba en la mano fuese aquel elegante bolso color marfil, como si sus viejas zapatillas negras de estar por casa fuesen los zapatos negros que sus hijas le regalaron, sus preferidos, como si su corto pelo blanco fuera aquella larga melena azabache que enamoró a su marido 60 años atrás, como si realmente …  supiera donde estaba.
Lunares*

viernes, 7 de enero de 2011

¿Crisis? ¿Qué crisis?

Suena el despertador, como cada mañana, te diriges aun dormido a la cocina y te sirves un café solo doble sin azúcar. Lo necesitas para comenzar el día. Otra dura semana de trabajo por delante. Enciendes la radio, "Señores, señoras, me alegro, buenos días. Es Lunes, 3 de marzo de 2008, la cifra de paro sigue aumentando y se acerca imparable a los 3 millones". Así comienza Herrera… Bueno, normal, piensas, la cosa no marcha bien y esto es inevitable. Meses después, tu padre te dice que a su amigo Manuel le han despedido. ¡Vaya, qué raro! piensas. Tenía un buen puesto en esa multinacional y siempre fue muy trabajador. Puede que sea por la edad. La gente joven sale más barata, le dices. Unos meses después es tu amigo Jorge, gerente en la consultora más conocida del país y que trabaja de sol a sol, el que te llama para ver si le echas una mano. Extraño. Quizás la coyuntura económica hace que las empresas reduzcan costes variables prescindiendo de servicios como los de consultoría, piensas. Al poco tiempo, en linked-in son cada vez más tus contactos que están “En busca de nuevas oportunidades profesionales”. Después es tu mejor amigo... tu cuñado... tu  hermano... pero tú, ni te planteas la posibilidad de que te ocurra a ti.
Un viernes a última hora, casi cuando empezabas a recoger, te llaman de RR.HH.  Es urgente te dicen. Golpeas la puerta, y una señorita a la que jamás habías visto allí, sale a recibirte:
- ¿David?
- Sí, soy yo, buenas tardes.
- Pasa por favor y toma asiento. ¿Qué tal? ¿Cómo estás?
- Preocupado, la verdad.
- Entiendo. Verás, David, lamento mucho comunicarte que la empresa se ve en la necesidad objetiva de amortizar su puesto de trabajo, al amparo del artículo 52 C y  51.1º del Estatuto de los Trabajadores. Las causas que obligan a dicha decisión se basan en la situación económica de la empresa, que como bien conoces,  ha venido sufriendo un deterioro progresivo según se desprende de las cifras que constan en los balances y cuentas de resultados debidamente depositadas en el Registro Mercantil, y en las previsiones contables para el ejercicio 2.011. Las medidas adoptadas hasta la fecha, tales como disminución y control en el gasto, préstamos de los socios sin interés así como las correspondientes ampliaciones de capital no han logrado equilibrar los resultados ni garantizar la viabilidad de la empresa, pues las previsiones actuales para el año 2011 siguen siendo negativas, conduciendo a un sobreendeudamiento de la misma que hacen imposible su viabilidad por lo que se ha decidido el cierre de la empresa una vez liquidado su activo.
Por todo ello, te comunico que cesarás en tus funciones en la prestación de sus servicios a partir las 14H de hoy, se te pagarán los 15 días siguientes, así como una indemnización correspondiente a los 20 días de salario por año de antigüedad (al amparo nuevamente del artículo 52C debido a que se procede al despido por causas económicas según constan en el balance). Te recuerdo que, como se indica en tu contrato de trabajo, el año de beca, los dos años en prácticas y el periodo de pruebas previo a la firma de tu contrato fijo, no computan para el cálculo de la indemnización, con un límite de 12 mensualidades, de las cuales la empresa le abonará a la fecha de cese la cantidad correspondiente al 60%  por no disponer de liquidez a la fecha de esta comunicación, pudiendo solicitar el restante 40% al FONDO DE GARANTIA SALARIAL, de conformidad con lo dispuesto en el art. 33.8 del Estatuto de los Trabajadores.
¿Tienes alguna duda?
- Sí, ¿cuál es tu nombre?
- Marta Jiménez
- Encantado Marta. Que tengas un buen fin de semana tú también.

Sales del despacho. Lo acabas de entender. Esto es la crisis. Ahora comprendes verdaderamente el significado de lo que vienes escuchando estos últimos años. Empresas, grandes, pequeñas, constructoras, de servicios, hasta las empresas fantasma... todas quiebran. Los tentáculos de la crisis llegan a casi todos los rincones, han llegado al tuyo, a ese al que jamás pensaste que llegarían. Hoy, viernes 10 de Enero de 2011, te ha llegado la crisis. Ahora sí estamos en crisis. Te ha llegado, como a todos.
Bueno, a casi todos, porque siempre hay algunos que ni se enteran. Siempre los mismos. ¿Altos precios de las materias primas? ¿Sobrevalorización de los productos? ¿Incremento del coste de la energía? ¿Elevada inflación? ¿Recesión? ¿Crisis crediticia? Fernando Javier Bolaños de la Riva, economista, 42 años, separado y con 4 hijos, no se ha enterado de nada. Nada de esto le influye.  Nada de lo que lee en los periódicos le quita el sueño. Sigue con el mismo dinero de siempre en el bolsillo. Vive completamente ajeno a los vaivenes del mercado, a la crisis. Para Fernando, la crisis ni ha llegado ni llegará. Cómo es posible que alguien no pueda verse afectado por lo que está pasando a nuestro alrededor. Cómo hace para que no haya cambiado en nada su vida. Para seguir haciendo las mismas cosas, comiendo en los mismos lugares, viviendo en el mismo barrio, el de Salamanca, vistiendo la misma ropa, bebiendo las mismas añadas de vino.  España se quiebra y él sigue absolutamente ajeno a todo. Le da  exactamente igual lo que esté pasando. A él la crisis no le afecta. ¡Qué fácil es Sr. Bolaños no verse afectado por la crisis! Claro,  desde donde usted está no se ve la crisis. Yo, ahora sí sé lo que es la crisis.  Ahora que durante los próximos dos años tendré que vivir de los 900€ que me quedarán de paro, yo sí sé lo que es la crisis de verdad. Muy fácil es, Sr. Bolaños, ver la vida desde el Banco Santander en la calle Jorge Juan. Ahí no se nota la crisis, no se siente nada. Se está calentito, ¿verdad?, esa puerta de cristal no deja entrar el frío ni la crisis. Duerme bien… ¿a que sí? Sin importarle lo que pase ahí fuera y viendo como día a día la gente entra al cajero a sacar billetes más pequeños. Qué fácil es mirar la vida desde allí, Sr. Bolaños. Rodeado de billetes de 500.

Cada vez que al Sr. Bolaños le preguntan sobre cómo le ha afectado la crisis, responde lo mismo... "¿Crisis? ¿Qué crisis?" Toma un sorbo de vino, recoge sus cartones, el carrito de la compra con  toda su vida dentro y se marcha a buscar otro cajero automático por el barrio, el de Salamanca, su barrio.

España se tambalea. El Sr. Bolaños, también.

Lunares*

miércoles, 5 de enero de 2011

Cada vez que cometo un error.


Cada vez que cometo un error, me viene a la cabeza el mismo recuerdo; la mano de mi padre. Grande, enorme. Intento, como hacía entonces, hacer desaparecer la cabeza entre los hombros y me siento muy pequeño, como me sentía de niño tumbado en mi cama llorando cuando él llegaba. Cada vez que cometo un error, recuerdo su mano. La recuerdo acercándose a mí. Nada la detenía. Gigante, inmensa.  Una y otra vez la recuerdo. No puedo quitarme esa imagen de la cabeza.  Cada vez que cometo un error, su mano aparece y recuerdo ese momento, el instante en que le veía entrar por la puerta, con la mano levantada, sabía que aquello era el principio del final de mi error. Recuerdo su mano, que me daba, que me daba una y otra vez. Daba igual que el error fuese grande o pequeño. Eso no le importaba. La mano siempre estaba allí. Siempre. Un día tras otro. Esa mano jamás desaparecerá de mi memoria, esa mano que él me daba incondicionalmente para que la cogiese y decirme… "Venga, hijo, que no pasa nada".
Esa mano que tantas veces me diste, papá, la que me ayudó a caminar, la que me sigues dando cada día, es la que hoy le doy a tus nietos.

Lunares*